Me cuesta confiar que la gente puede cambiar, pero elijo creer. Porque creo en el Golem, tambien creo en mí, porque creo en la teshubá, o retorno con entendimiento, con arrepentimiento sincero y también verdadero, porque creo en el perdón, creo en la segundas y en las terceras oportunidades.
Porque pienso que quien no perdona, no se permite ser perdonado, elijo creer, en las personas, en mí y en Hashem.
El GOLEM de Praga, una escultura de barro, al introducirle dentro de él escrita la palabra Verdad, en hebreo HEmet, en su interior, pudo cobrar vida, con esa energia se dedicaba a defender a las personas, pero este crecia cada vez más y más y por miedo a que destruya el universo, dicen que su creador, le sustrajo la primera letra de la palabra de esta palabra introducido, HEmet, la ALEF y con ella el hálito de vida que entraba junta a ella, para neutralizarlo quedando inscripta dentro de sí la palabra MET, que es muerte.
Podemos ver aquí cómo la vida y la verdad, se relacionan, hacen un interjuego intrínseco que anima, que da vida, que te hace crecer dia a adía y que vivir en la mentira no es vivir, sino, morir.
No puede haber una, sin la otra. No puede haber vida sin verdad, y no puede haber vida en las mentiras.
Pero si uno puede salir de la mentira, aunque me equivoque, aunque contra la pared me choque y rebote. Elijo creer, quiero creer, que todo es para bien.
Entonces decidí agregarle un letra a mi nombre hebreo Abram, ya que si con una sola letra, un Golem puede despertar, imagino lo que uno mismo puede cambiar, si se atreve a a moverse del lugar. A decontruirse, reinstruirse y convertirse en lo que tiene que ser, soltando el grillete del perecer.
Por lo general los más inocentes, son los que suelen caer, a quienes no les queda más remedio que aprender.
Si se le puede dar vida a algo inanimado, a algo muerto con la letra Alef, también nosotros podemos transformarnos, también somos de barro y somos vasijas receptoras de influencias rectoras, el problema es que muchas veces la usamos como vajilla o como valija porque no tenemos la mirada precisa.
Y claro, nos rebajamos, nos prosternamos y a falsos dioses idolatramos, del árbol del bien y del mal su fruto probamos.
Reconozco que yo también me equivoqué, que yo también pequé y por eso yo sé que se puede aprender, que se puede elegir el bien y que se puede hacer, que el alma no pare de crecer. Elijo ser flexible como la caña y no rígido como el cedro.
Seguro que me equivoqué, que conmigo mismo pequé, Pero tengo toda una vida, para reparar, para arreglar y sanar. Porque sé que el rumbo se puede corregir, cuando uno aprende a elegir, a discernir, y finalmente bendecir.
Mejor acá y no allá, entrego mi neshamá, se la entrego a amonai y dejo entrar la letra Alef,
para por fin ser ABRAHAM, introduciendo el hálito de verdad insuflado por las narinas, igual que al HAdam.
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