Porque pienso que quien no perdona, no se permite ser perdonado, elijo creer, en las personas, en mí y en Hashem.
La vida y la verdad, se relacionan, hacen un interjuego intrínseco que anima, que da vida, que te hace crecer dia a adía y que vivir en la mentira no es vivir, sino, morir.
No puede haber una, sin la otra. No puede haber vida sin verdad, y no puede haber vida en las mentiras.
Pero si uno puede salir de la mentira, aunque me equivoque, aunque contra la pared me choque y rebote. Elijo creer, quiero creer, que todo es para bien.
Por lo general los más inocentes, son los que suelen caer, a quienes no les queda más remedio que aprender.
Si se le puede dar vida a algo inanimado, a algo muerto con una letra, también nosotros podemos transformarnos, también somos de barro y somos vasijas receptoras de influencias rectoras, el problema es que muchas veces la usamos como vajilla o como valija porque no tenemos la mirada precisa.
Y claro, nos rebajamos, nos prosternamos y a falsos dioses idolatramos, del árbol del bien y del mal su fruto probamos.
Reconozco que yo también me equivoqué, que yo también pequé y por eso yo sé que se puede aprender, que se puede elegir el bien y que se puede hacer, que el alma no pare de crecer. Elijo ser flexible como la caña y no rígido como el cedro.
Me equivoqué, que conmigo mismo pequé, Pero tengo toda una vida, para reparar, para arreglar y sanar. Porque sé que el rumbo se puede corregir, cuando uno aprende a elegir, a discernir, y finalmente bendecir.
Mejor acá y no allá, entrego mi neshamá.
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