Había una vez
una semilla…
que sos vos.
Uno nunca sabe
cuántos árboles
van a salir de ahí.
Todo se mezcla,
se expande,
se pierde,
se muda de continente…
y se vuelve a encontrar.
Generaciones hablando
en distintos idiomas
de lo mismo.
Insistiendo.
Repitiendo.
Lo que vos repetís.
Hasta que uno llega…
y sale andando.
⠀
Hijos que se fueron,
nietos que volvieron.
Pieles que se estremecieron.
Historias que se entrecruzan
en un mandala
que nadie termina de ver.
Uno se mueve,
aprende,
se equivoca,
y vuelve…
en espiral.
Como un tren
que avanza tirando semillas,
regando con lluvias el camino.
Sembrando afuera…
para que algo crezca adentro.
⠀
Y en el medio…
pasa todo.
Acá estás.
Viajando en un vagón
que no es tan privado.
Donde lo que hacés
toca al de al lado.
Lo que das
se multiplica.
Lo que cuidás
se potencia.
Lo que regás
te alimenta.
⠀
Inscribís una página
que no es solo tuya.
Una escena
en una película compartida.
Cuidás —o no—
tu economía espiritual.
Cada gesto
es energía en movimiento.
Disparás flechas
que no vuelven.
A veces no sabés
dónde caen…
pero caen.
Y algo queda.
La vida debería tener un cartel:
“Cuidado… recién pintado”.
Aunque seis mil años
ya hayan pasado.
⠀
Pantallas encendidas.
Mentes conectadas.
Un solo cuerpo
mirándose en partes.
Datos que viajan
más rápido que el tiempo…
y un sentido
que llega más lento.
Estamos todos
en la misma red.
Sin saber bien
qué estamos tejiendo.
⠀
Cada vida
es una parte.
Cada acto
una inscripción.
No venimos del pasado.
Somos el pasado
reencarnado
en acción.
⠀
Lo que empieza en uno
se vuelve en los demás.
Se multiplica.
Se transforma.
Sigue.
⠀
No somos muchos.
Somos uno.
Aunque a veces
no queramos.
