3/6/25

Pero... ¿Qué es recibir para dar?



No es un acto automático.
No es un reflejo.
Es un proceso.

Así como las neuronas hacen sinapsis,
transformando un mensaje químico
en eléctrico,  nosotros también estamos llamados a transformar lo que recibimos en lo que damos.

No devolvemos lo mismo.
Devolvemos lo que hicimos con eso.

Como al respirar:
inhalamos oxígeno,
exhalamos dióxido de carbono.

No es una repetición,
es una traducción vital.
Un metabolismo.

Primero recibir.
Después procesar.
Luego encarnar.

Y recién entonces, dar.
Recibir → procesar → encarnar → dar.

Escuchar antes de hablar.
Saber esperar.
Respetar el silencio
sin la necesidad de llenarlo.

Porque no todo lo que entra
está listo para salir.

Dar, sin haber procesado,
es simplemente reaccionar.
Dar después de atravesarlo,
es responder.

Encarnar implica dejar que eso
pase por el cuerpo,
por la emoción,
por la propia ética.
No es repetir ideas,
es volverse puente.

También es saber detenerse.
Hacer una pausa consciente.
Un pequeño Shabat interno:
no como escape,
sino como reinicio.

Soltar el peso —
que pesa, y mucho—
para poder volver a empezar
con un poco más de profundidad.
Porque en ese descanso
también se transforma lo recibido.

Tomar lo necesario
es parte del equilibrio.
Pero no alcanza con recibir:
hay que hacerse responsable
de lo que eso genera en uno.

Cada persona,
según su necesidad,
su forma,
su ética,
su estética.

No hay una única manera de dar,
porque no hay una única forma de procesar.

Y aunque a veces parezca
que damos en la misma medida
en que recibimos,
eso no es una ley automática.

Es una práctica.
Una construcción.
Recibir para dar, entonces,
no es equilibrio perfecto.
Es conciencia.

Es hacerse cargo
de lo que pasa dentro tuyo
antes de que se convierta
en algo para el otro.

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