AJAREI MOT- KEDOSHIM 5786
No hay coincidencias. Hay correspondencias espirituales. Cuando dos puntos se alinean a través de un tercero —un objetivo en común— aparece una responsabilidad mutua.
Cuando el recipiente está listo para recibir, cuando hay predisposición, cuando lo creemos… recién entonces lo creamos. Sin excusas, sin justificaciones, sin someterlo al tiempo: habitando un espacio. Estar en el lugar correcto, aquel que potencia, y no donde la energía se disipa y la vida merma.
Hay prohibiciones en el trabajo sagrado. No son morales ni sociales: son configuraciones de conexión entre la luz y el recipiente que la contiene. Para revelar, no para romper. Por eso se delimita lo que confunde, lo que mezcla, lo que desordena.
No toda unión es unión. Algunas ocultan más de lo que revelan. Se cruzan niveles que, en lugar de construir, fracturan: una fuga, un corte, una rotura. Antes de elevarnos, debemos separarnos. Antes de hacer bien, dejar de hacer mal.
La desnudez, así entendida, no es ausencia sino desborde: es aquello que soltamos de manera inconsciente. Recibimos y damos, pero en el medio no procesamos ni encarnamos. No hay integración: hay fuga. No eleva lo mundano porque no lo trabaja, lo expone sin transformarlo.
Por eso aparecen las vestiduras y las investiduras. No como ocultamiento, sino como forma. Repetir, observar, escuchar. Poner límites, arropar, cubrir esa desnudez. Porque lo que revela no es lo que falta, sino lo que hacés: tus acciones, tus reacciones, tus construcciones y tus demoliciones.
Romper los ídolos es empezar a sanar, rearmar una nueva estructura. Después de deconstruirme, construir un nuevo santuario: compartido, como espacio para recibir la Presencia divina. Dejarla posar, y no dejarla pasar.
Enfocado en el trabajo interior, dando lo mejor para el bien común. Ponerme en pie: corregido, arrepentido, pero parte de algo mucho más grande. Se debe poder trabajar el pedir —durante 51 días, atravesando portones, cada uno como un portal— sin excusas, sin venganza, sin rencor; con misericordia, con amor, con bondad, y también con límites.
Para entender, para aprender a amar, hay que saber por dónde comenzar. Muchas veces es desde lo más terrenal: en lo conocido, en lo negativo, en eso que podemos identificar. En lo que me toca, en lo que no me gusta que me hagan.
Pero ese es solo el inicio. Partir de uno para comprender al otro. Despertar la empatía como salida del egoísmo, salir a buscarla. Proyectar hacia afuera lo que adentro duele, pero transformado.
Otredad. Un sentimiento que nace dentro y se expresa sano, incluso frente a quien llamamos “malo”.
Pensar en el otro, ponerse en su lugar, no es opcional: es responsabilidad. Porque ahí empieza la adhesión a lo divino. Sin contracción del yo, no hay lugar para los demás.
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